La pieza dedicada a Rijo Ortega lo presenta no solo como una figura de sensibilidad humana y arraigo pueblerino, sino también como alguien empeñado en aliviar una necesidad elemental en su entorno: el hambre. El texto lo muestra llevando pan y ofrendas a vecinos, familiares y transeúntes, en una entrega constante hacia personas cuyos vientres, según la propia evocación, sufrían la escasez de comida.
Más que una despedida literaria, el retrato deja al descubierto un cuadro social atravesado por privaciones en el pueblo al que pertenecía. La alusión a la «esperanza perdida de un pueblo», a las agonías rumiadas en el día y a la falta de migajas convierte el homenaje en una advertencia sobre realidades que desbordan la nostalgia y remiten al costo humano de la carencia.
En ese marco, la figura de Rijo Ortega queda ligada a una respuesta solidaria nacida desde la comunidad, allí donde el sufrimiento cotidiano de la gente aparece como el hecho central. La exaltación de su legado termina subrayando una prioridad ciudadana ineludible: que el hambre y la escasez no sean asumidas como paisaje, sino como una realidad que exige atención y vigilancia social.
