La expansión del cibermundo dejó de ser un fenómeno accesorio y pasó a funcionar como una dimensión que reorganiza la vida colectiva en medio de una policrisis de alcance planetario. El texto sostiene que la existencia humana transcurre hoy entre la materialidad histórica, social, política, económica y ecológica del mundo, y un entorno digital hecho de redes, plataformas, algoritmos, bases de datos, sistemas de inteligencia artificial y espacios virtuales cada vez más presentes en la experiencia cotidiana.
Ese entrecruce, lejos de resultar neutro, afecta instituciones, empleo, economía, relaciones de poder y formas de integración social, al tiempo que altera emociones y debilita la capacidad de imaginar un futuro estable. En ese contraste entre la promesa tecnológica y la realidad social, el autor advierte que la vida circula entre pantallas, cuerpos, avatares, redes sociales y sistemas automatizados que registran comportamientos, anticipan decisiones y organizan el acceso a la información y a la manipulación.
La reflexión también se extiende a la política y la ciberpolítica: el cibermundo, impulsado por la tecnociencia y la inteligencia artificial, ha penetrado el trabajo, el placer, el consumo, la educación, la guerra, las relaciones afectivas y la producción cultural. En ese marco, la identidad del sujeto cibernético deja de apoyarse solo en la experiencia presencial y pasa a medirse por perfiles digitales, indicadores de rendimiento y visibilidad virtual, una señal de alerta institucional que refuerza la necesidad de fiscalización pública sobre cómo el poder, la información y la vida social quedan cada vez más condicionados por entornos tecnológicos.
