Desde el Ballet de Danzas e Investigaciones Folclóricas de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) se plantea una advertencia que va más allá de lo artístico: nadie protege lo que desconoce. La trayectoria iniciada en 1987 y la representación dominicana en 1990 en el Festival Folclórico del Caribe, en Puerto Rico, evidencian que detrás de cada presentación había una labor de formación e investigación que desbordaba el escenario.
De acuerdo con el texto, antes de cada puesta en escena había personas que recorrían campos, lomas y bateyes para escuchar a quienes preservaban tradiciones transmitidas de generación en generación, registrar músicas, comparar variantes y rastrear el origen de fiestas, toques de tambor, danzas y décimas. Esa tensión entre la cultura vivida y su conversión en espectáculo deja una señal de desgaste: cuando falta comprensión de lo que se representa, el folclore puede terminar convertido en caricatura.
La reflexión añade también una consecuencia institucional y ciudadana. Representar al país, sostiene el autor, suponía comprender y respetar la tradición antes de mostrarla. Ahí aparece la distancia entre el valor proclamado de la identidad dominicana —fruto de encuentros, migraciones, intercambios, conflictos, resistencias y mezclas— y la fragilidad de su resguardo real si no existe suficiente conocimiento. Aunque la pieza se concentra en la cultura, acaba operando como una alerta sobre la necesidad de vigilancia, rendición de cuentas y prioridades claras cuando se trata de proteger lo que define al país.
