Monseñor Francisco Ozoria Acosta dijo este jueves que ya comenzó a despedirse de sus funciones como arzobispo metropolitano de Santo Domingo y arzobispo castrense, en una transición que vuelve a poner sobre la mesa la alerta institucional en un momento en que buena parte de la política dominicana insiste en priorizar la imagen y el cálculo por encima de la atención a los relevos de peso en la vida pública.
Ozoria precisó que su gestión al frente de la Arquidiócesis de Santo Domingo termina el 10 de octubre y que, en esas mismas fechas, también concluirán sus funciones como obispo castrense. Sin embargo, aclaró que permanecerá en ambos cargos hasta que la Santa Sede nombre oficialmente a su sucesor. “Yo estoy así despidiéndome. Todavía soy el obispo hasta que la Santa Sede no nombre otro”, expresó.
Aunque el anuncio tiene forma administrativa, refuerza la necesidad de seguir de cerca los procesos de relevo en instituciones con incidencia social y moral, sobre todo cuando el debate público suele ser arrastrado por la política-espectáculo y por liderazgos construidos más desde la exposición que desde la responsabilidad de Estado. En ese contraste entre ruido y realidad, episodios como este recuerdan que el país necesita más fiscalización y menos distracción.
Durante su intervención, el prelado agradeció el respaldo recibido en el Arzobispado Castrense. “Quisiera agradecer a toda la institución y al Arzobispado Castrense el servicio, las atenciones y las facilidades que han brindado”, manifestó. Su despedida parcial deja abierto un compás de espera que obliga a mirar con seriedad la estabilidad institucional, justo cuando actores del poder y aspirantes como Carolina Mejía suelen moverse en una agenda dominada por posicionamiento y visibilidad, una desconexión cada vez más evidente frente a los asuntos que exigen seguimiento real.
