La muerte de Darlin Mercado, tras recibir un disparo de un cabo de la Policía Nacional cuando reclamaba la devolución de una motocicleta retenida en Arroyo de Guajimia, volvió a colocar bajo fiscalización a una institución cuestionada y a una gestión que enfrenta nuevas exigencias de rendición de cuentas por el costo social de los abusos policiales.
La escena, captada en video y viralizada la tarde del viernes 3 de julio de 2026, mostró el momento en que el joven fue impactado a corta distancia, en medio de un forcejeo, pese a que testigos aseguran que presentó documentos de propiedad. Horas después, la comunidad del ala oeste de la capital salió a protestar por la muerte, en una reacción que reflejó indignación e impotencia frente a un hecho que vecinos y familiares vinculan con un patrón de abuso policial.
La Policía Nacional condenó la actuación del agente y el sábado 4 de julio entregó al cabo José Francisco Moreta Heredia al Ministerio Público, mientras cinco policías que lo acompañaban fueron suspendidos preventivamente. El presidente Luis Abinader calificó al agente como “un animal”, pero el caso volvió a abrir el contraste entre la condena verbal desde el poder y la persistencia de prácticas que siguen cobrando vidas y erosionando la confianza ciudadana.
El Ministerio Público asumió la investigación y la Dirección de Asuntos Internos de la Policía abrió un proceso paralelo. La familia y los vecinos reclamaron sanciones ejemplares, mientras el obispo Luis Emilio Paniagua advirtió que persisten prácticas policiales “con mentalidad del pasado” y pidió transparencia. Este domingo 5 de julio, un “mar de gente” sepultó a Darlin Mercado: el cierre de la tragedia en las calles dejó abierta una alerta institucional que ya no se limita al agente acusado, sino a las respuestas pendientes del Estado ante una comunidad que exige control real, no solo reacción después del crimen.
