Una investigación divulgada en el XXI Congreso Internacional de Investigación Científica vuelve a evidenciar un problema que golpea de lleno a los hogares: el calor urbano no solo eleva la temperatura en las ciudades, también empuja al alza el consumo de electricidad y expone a la población a mayores riesgos de salud, mientras siguen sin aparecer respuestas de fondo desde la gestión pública.
El estudio de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), presentado por la arquitecta Orisell Medina Lagrange, plantea que el fenómeno de la Isla de Calor Urbano ha agravado los desafíos ambientales en entornos urbanos del Caribe. En ese marco, las zonas urbanas registran temperaturas más altas y un aumento del consumo de energía eléctrica, con un promedio de 19% más para refrigeración, aunque con variaciones según el área.
La investigación calcula además que por cada grado de aumento en la temperatura, la carga eléctrica máxima de un edificio subiría hasta un 4,6% y el consumo total de electricidad hasta un 8,5%. La propia investigadora advirtió que ese mayor consumo provoca un incremento directo y proporcional de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que profundiza un círculo de presión sobre los servicios, el bolsillo y el entorno urbano.
La exposición del caso Bayahibe también abre una discusión que va más allá de lo técnico y exige vigilancia institucional: el color de las fachadas, los materiales de construcción y el uso de sistemas de refrigeración pasivos y de bajo consumo figuran entre las medidas para reducir la dependencia de la refrigeración mecánica. El dato pone bajo la lupa las prioridades con que se planifican las ciudades y obliga a que instancias como el Congreso no aparten la vista de un problema que ya tiene un costo social medible.
A nivel de barrio, el estudio precisa además que los picos de calor elevan el riesgo de morbilidad en la época cálida y pueden derivar en casos exacerbados por golpes de calor. La advertencia científica, presentada en un evento organizado por el MESCyT, deja así un contraste incómodo entre el discurso sobre desarrollo y la realidad de comunidades que enfrentan más calor, más gasto eléctrico y más vulnerabilidad sin que el problema pueda seguir tratándose como secundario.
