La nueva ofensiva militar de Estados Unidos sobre objetivos iraníes volvió a dejar en evidencia la distancia entre la vía diplomática en curso y la realidad de una guerra que sigue expandiéndose. Aunque Pakistán aseguró que Washington y Teherán mantienen negociaciones para una posible desescalada, los ataques estadounidenses continuaron este jueves y el conflicto ya alcanza a varios países de la región, con efectos sobre el comercio internacional de hidrocarburos y los mercados energéticos.
Islamabad, que ha actuado como intermediario, dijo que sigue intentando rescatar el protocolo de entendimiento alcanzado en junio para abrir conversaciones de paz. Pero ese mecanismo quedó prácticamente paralizado tras la reanudación de los ataques estadounidenses a principios de julio y las posteriores represalias iraníes contra aliados de Washington. En ese contexto, el estrecho de Ormuz se mantiene como uno de los principales focos de tensión, después de que su cierre por parte de Irán obligara a modificar rutas marítimas y agravara el impacto sobre economías dependientes del petróleo importado.
La presión política también aumentó sobre el Pentágono por la muerte de militares estadounidenses en Kuwait, mientras Bulgaria garantizó a Teherán que su territorio no será utilizado para operaciones ofensivas. Ese movimiento subraya hasta qué punto la crisis ha desbordado el frente inicial y abre un nuevo foco de vigilancia sobre las decisiones militares y sus consecuencias, en medio de una escalada que ya combina ofensiva, represalias y explicaciones pendientes.
