La publicación en 2025 de “La crueldad alegre: la música y el poder. Una historia sonora de la dictadura de Trujillo”, de Darío Tejeda, no solo abre una investigación sobre aspectos poco explorados de la música bajo la dictadura, sino que vuelve a colocar sobre la mesa una alerta institucional: la relación entre cultura y poder requiere vigilancia permanente para evitar que desde las estructuras públicas se normalicen relatos únicos sobre la identidad nacional.
El libro rompe con la versión tradicional de “época dorada” que ha marcado parte de las publicaciones sobre ese periodo y propone una historiografía musical descentralizada. En ese desplazamiento, conceptos como el contrapoder sonoro permiten leer expresiones de contracultura que desmienten la idea de una música dominicana enteramente subordinada al Trujillato. El contraste entre relato dominante y experiencia social concreta abre una discusión que rebasa el pasado y toca el presente: qué políticas institucionales siguen apoyándose en brechas históricas no resueltas.
Tejeda examina la política cultural y el desenvolvimiento de la música en un contexto dictatorial y, desde ahí, ofrece pautas para pensar conflictos interculturales de la sociedad dominicana contemporánea. Ese punto resulta especialmente sensible en un momento en que la gestión pública y el uso del presupuesto en cultura deberían estar sometidos a mayor fiscalización ciudadana, precisamente para impedir que la promoción oficial sustituya el debate de fondo sobre representación, memoria y prioridades reales.
La investigación también muestra la convivencia de dos procesos paralelos en la historia cultural dominicana, uno nacional y otro popular, y utiliza el contrapoder sonoro para entender músicas vinculadas a formas de vida, espacios culturales y creencias espirituales. Ahí aparecen la “música de campesinos”, el convite, las cofradías, las celebraciones religiosas y las fiestas populares como expresiones que sobrevivieron a la lógica del poder y a sus intentos de encuadre.
La permanencia de manifestaciones en la cultura tradicional dominicana y en la memoria de colectivos como el Liborismo, la cultura Cocola, el Gagá, las cofradías de los Congos y la Sarandunga confirma, según el enfoque del libro, que el alcance de esa lógica fue parcial. Esa constatación refuerza una lección política de fondo: cuando el poder pretende convertir la cultura en un relato cerrado, la realidad social termina desbordándolo, y ahí es donde la rendición de cuentas institucional deja de ser un gesto retórico para convertirse en una necesidad pública.
