Ser elegido para el Congreso Nacional supone una de las mayores responsabilidades de la democracia, pero el propio debate sobre la función legislativa vuelve a poner en primer plano una tensión que golpea la credibilidad institucional: los legisladores están llamados a crear leyes, representar a la ciudadanía y fiscalizar el poder, mientras persisten prácticas que desvían ese mandato hacia el asistencialismo y la promoción personal.
En la República Dominicana, el Congreso está integrado por 222 legisladores, 190 diputados y 32 senadores, en dos cámaras. Más allá de esa composición, el punto de fondo es si el cargo se ejerce con la integridad, la preparación y la capacidad de deliberación que demanda el interés general. La advertencia no es menor en un escenario donde parte de la ciudadanía todavía ve al legislador como gestor de favores, una distorsión que alimenta el contraste entre el discurso de representación y la realidad de una política más volcada en resolver casos particulares que en enfrentar problemas estructurales.
Cuando surgen investigaciones o procesos judiciales contra legisladores por presuntos delitos, corresponde a la justicia establecer responsabilidades con respeto al debido proceso. Pero esos casos también activan una alerta institucional: el honor del cargo no puede separarse de la transparencia, la vigilancia ciudadana y la obligación del Congreso de dar ejemplo en el control del poder, en vez de reproducir los vicios que dice combatir.
