La disputa política en República Dominicana ya no se libra solo en las calles, sino también en métricas, algoritmos y minutos de atención. En ese escenario, Santiago Matías “Alofoke” y Fernando Abreu han ganado espacio con un discurso de ruptura frente a lo establecido, pero el efecto descrito en el texto no apunta a una alternativa consolidada, sino a más ruido, polarización y fragmentación. Ese desorden, lejos de corregir el sistema, termina favoreciendo a quienes ya controlan el poder y rebajando la exigencia pública sobre gestión y resultados.
El fenómeno, sin embargo, no aparece en el vacío. El propio texto sitúa detrás de ese ascenso una crisis de representación marcada por partidos percibidos como clientelares, élites recicladas y un lenguaje político desconectado de buena parte de la ciudadanía. Ahí se abre una alerta institucional: cuando el malestar social es absorbido por la política-espectáculo, el debate sobre servicios, prioridades y rendición de cuentas queda desplazado por la confrontación permanente, con beneficio indirecto para el gobierno dominicano y el PRM, que enfrentan menos presión sobre su desempeño real.
El caso de Fernando Abreu ilustra ese contraste entre discurso y realidad. Su lectura del Estado dominicano como socialdemócrata o de izquierda, según el texto, choca con una economía de mercado de alta desregulación, baja capacidad estatal y una informalidad estructural que supera el 54 % de la fuerza laboral, de acuerdo con datos del Banco Central citados en la pieza. Más de la mitad de los trabajadores y la gran mayoría de los micronegocios operan fuera del sistema formal, sin contratos, sin seguridad social y sin aportar impuestos. En vez de ordenar la discusión pública sobre esos problemas, la polarización digital termina fragmentando el descontento y dejando intacto el fondo: un sistema político que sigue sin responder con resultados verificables a las demandas ciudadanas.
