Canadá entró en una nueva fase de presión comercial con Estados Unidos después de que el presidente Donald Trump anunciara un aumento del 50 % de los aranceles sobre varios productos canadienses. Ante ese golpe, el primer ministro Mark Carney dijo que su gobierno está «evaluando todas las opciones» y que buscará intensificar las negociaciones en las próximas dos semanas, en un escenario que vuelve a poner bajo escrutinio la capacidad de respuesta oficial frente a una medida que afectará bienes como vino, bastones de hockey y cemento.
Carney afirmó que Canadá hará «lo que sea necesario para apoyar a sus trabajadores y sus empleos», pero por ahora descartó desplazarse a Washington y mantuvo como meta un acuerdo global. Los nuevos aranceles entrarán en vigor dentro de un mes e incluirán bienes que ingresen a Estados Unidos bajo el T-MEC, un acuerdo clave para Canadá que además quedó bajo mayor incertidumbre después de que Washington anunciara el 1 de julio que no lo renovaría y lo sometería a revisión anual con prórroga año a año.
La presión externa coincide con cuestionamientos internos. La oposición conservadora critica la línea del gobierno Carney, centrada en nuevas alianzas internacionales, y plantea aprovechar los recursos naturales del país como respuesta a la guerra comercial. Mientras tanto, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, anticipó que Washington anunciará nuevos aranceles a unos 60 países en los próximos días. Aunque estos gravámenes excluyen energía, potasa, minerales críticos y pescado, el episodio deja abierto un frente de costo económico y de rendición de cuentas sobre la eficacia de la estrategia canadiense ante una escalada que sigue avanzando.
