La muerte de Jorge Frías, dirigente con trayectoria como regidor, diputado por el PRD, fundador del PRM y legislador electo en cuatro ocasiones, vuelve a poner en primer plano un aspecto que suele quedar fuera del debate político: el costo humano que acompaña el ejercicio del poder y la militancia.
El texto plantea que, detrás de los cargos, los aciertos y los desaciertos, existe una presión sostenida que rara vez se incorpora a la conversación pública. Jornadas extensas, poco descanso, conflictos, compromisos familiares postergados y una exposición permanente agravada por las redes sociales describen una realidad que contrasta con la política convertida en espectáculo y con la superficialidad con que muchas veces se juzga la vida pública.
Sin atribuir a la política todas las enfermedades de quienes la ejercen, la reflexión advierte que sería ingenuo ignorar el efecto acumulado del estrés sobre la calidad de vida. En ese punto, la discusión trasciende lo personal y se vuelve institucional: si la política sigue operando bajo dinámicas de desgaste extremo, la exigencia de fiscalización, responsabilidad y mayor seriedad en la conducción partidaria deja de ser retórica y pasa a ser una necesidad democrática.
