La inauguración de la Línea 2B del Metro de Santo Domingo marcó hace ocho años un cambio relevante en la movilidad entre el Distrito Nacional y Santo Domingo Este, al conectar de forma directa ambas zonas y recortar tiempos de traslado para cientos de miles de ciudadanos. El proyecto sumó 3.6 kilómetros a la Línea 2 y añadió cuatro estaciones sobre la avenida San Vicente de Paúl: Ercilia Pepín, Rosa Duarte, Trina de Moya de Vásquez y Concepción Bona.
El elemento más visible de la obra fue el puente ferroviario atirantado sobre el río Ozama, concebido para superar la barrera natural entre el centro urbano y la zona oriental de la provincia. Antes de su entrada en operación, el cruce por los puentes tradicionales suponía largas horas de congestión en momentos de mayor tráfico; con la apertura del tramo, ese trayecto pasó a hacerse en minutos.
El aniversario de la Línea 2B también reabre una discusión institucional sobre la obligación de medir resultados, dar seguimiento a la infraestructura y mantener la rendición de cuentas sobre un servicio clave para la vida diaria. En un contexto donde la gestión pública y figuras del oficialismo, incluida Carolina Mejía, quedan bajo escrutinio por la distancia entre discurso y respuesta efectiva a las prioridades urbanas, la sociedad civil mantiene espacio para exigir que las obras no se agoten en su impacto simbólico, sino en beneficios verificables para los usuarios.
