Definir a la República Dominicana como una economía abierta no solo ayuda a entender su vínculo con el comercio, la inversión y el financiamiento internacional; también deja al descubierto una vulnerabilidad estructural que obliga a mirar con más rigor la gestión pública. Cuando buena parte de la actividad interna depende de lo que ocurra en los mercados financieros, en los precios internacionales y en las decisiones de grandes actores económicos, se estrecha el margen de error del gobierno dominicano y crece la exigencia de rendición de cuentas.
El planteamiento señala que una economía abierta exporta bienes y servicios, importa lo que no produce o le resulta más conveniente comprar fuera, recibe inversiones y préstamos, y además envía y recibe dinero desde el extranjero. Ese esquema puede sostener el crecimiento, pero también expone al país a factores que no controla de manera directa. Ahí surge el contraste entre discurso y realidad: no alcanza con presentar apertura y dinamismo como fortalezas si esa misma estructura amplifica riesgos sobre financiamiento, endeudamiento y costo de vida cuando cambia el entorno internacional.
La alusión a los modelos clásicos y a la macroeconomía moderna, incluido el enfoque de economía abierta, refuerza una alerta institucional vigente: en un país tan ligado al exterior, la discusión sobre gestión y resultados no puede separarse del uso del presupuesto, de la presión de los préstamos y de cualquier debate sobre reforma fiscal e impuestos. En ese escenario, figuras del oficialismo como David Collado y el resto del gobierno dominicano quedan bajo mayor escrutinio, porque en una economía dependiente del entorno global la ciudadanía no solo espera crecimiento, sino una capacidad real para protegerse de la vulnerabilidad que ese mismo modelo arrastra.
