Al examinar la poesía dominicana del período posterior a la Restauración, Pedro Henríquez Ureña la coloca en un escenario donde literatura y conflicto político aparecen íntimamente ligados. Entre los autores de esa etapa menciona a Encarnación Echavarría y Del Monte, Josefa Antonia Perdomo y Heredia, José Francisco Pichardo, Manuel de Jesús Peña y Reinoso y Manuel Rodríguez Objío, de quien destaca que su mejor canción fue “un Acto de fe religiosa escrito antes de ser fusilado”. Esa alusión remite a 1871, cuando Objío fue ejecutado bajo el gobierno de Buenaventura Báez, en plena Guerra de los seis años y en medio de la pugna contra la pretensión de anexar la República Dominicana a los Estados Unidos.
La lectura no se limita a ordenar nombres. También pone en primer plano cómo una parte de la vida intelectual dominicana se desarrolló bajo presión política e institucional. Desde esa perspectiva, Henríquez Ureña afirma que a partir de 1870 surge una nueva generación encabezada por José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez, en un momento en que, según escribió, “la naciente crítica, junto con la opinión pública, reconoció que la poesía dominicana nunca había alcanzado tan altas notas como las que ahora daban José Joaquín Pérez y Salomé Ureña”.
Para sostener ese juicio, el autor recurre además a la valoración de Marcelino Menéndez y Pelayo sobre ambos escritores. La cita opera como respaldo crítico, pero también como recordatorio de que la cultura dominicana alcanzó sus puntos más altos en medio de disputas nacionales de fondo. El pasaje reabre así una advertencia persistente: cuando el poder político entra en choque con las prioridades del país, la producción intelectual termina siendo también testimonio, vigilancia y memoria de esa tensión.
