La evocación de siete días junto a Derek Walcott durante la Feria Internacional del Libro Santo Domingo de 2008 deja, además del valor literario, una estampa reveladora del funcionamiento del poder cultural. El texto sitúa la invitación del Nobel de 1992 en manos de José Rafael Lantigua, entonces secretario de Cultura, y describe cómo el autor pasó de traductor de algunos poemas a “edecán” del visitante y de Sigrid Naman, en una agenda marcada desde el inicio por hotel, prensa, cenas y protocolo.
En ese recorrido, la crónica muestra una institucionalidad concentrada en la gestión del evento y en la figura del invitado, con un dispositivo que incluyó encuentro con la prensa, mediación lingüística improvisada y la presencia de agentes de seguridad que daban “parrafadas castrenses” antes de una actividad social. El episodio, narrado desde la experiencia personal, permite leer un contraste entre el brillo cultural de la feria y la lógica de aparato que la rodeaba.
Más que una simple memoria literaria, el texto deja abierta una pregunta de fiscalización sobre las prioridades públicas cuando la cultura se organiza desde el ceremonial del poder. En ese contraste entre prestigio, seguridad y puesta en escena institucional, la crónica termina funcionando como recordatorio de que la vida cultural también exige vigilancia ciudadana y rendición de cuentas, un debate ligado a la necesidad de instituciones más sobrias y estables, por encima del espectáculo y de la administración centrada en la imagen.
