La llegada del grupo de Gómez Ochoa a San Isidro quedó marcada, desde el primer día, por una operación de propaganda que el propio relato describe como una farsa. Tras una primera ronda de interrogatorios, se organizó una presentación por radio y televisión con el comandante Ochoa como figura central. Aunque se anunció como un hecho trascendental, el resultado fue un montaje: primero se grabó el audio y luego las imágenes, con una sincronía deficiente que hacía evidente la manipulación. El episodio, comparable a lo ocurrido antes con Ventura Simó, retrata un uso del aparato oficial más orientado a fabricar versión que a ofrecer verdad verificable.
No fue el único gesto de control sobre el relato. Gómez Ochoa, Mayobanex Vargas y Almonte Pacheco fueron mostrados también a miembros de la prensa internacional y respondieron preguntas traducidas por Manuel de Moya; Ochoa volvió a ser presentado el día 13 por radio, televisión y ante periodistas. Esa exposición pública les daba cierta garantía de supervivencia, pero el propio texto advierte que nada estaba asegurado. Ahí aparece el contraste central: mientras se escenificaba una imagen para consumo público, los expedicionarios seguían bajo un régimen en el que la vida dependía de cálculos de conveniencia y no de resguardos institucionales.
En los primeros días permanecieron en las mazmorras de San Isidro en condiciones más o menos favorables, aunque estaban flacos, demacrados y casi cadavéricos. Luego, el 15 de julio, fueron trasladados a La 40, descrita como una casa del suplicio: una residencia campestre convertida por el régimen en centro de tortura. El cambio de escenario, de una vitrina propagandística a un lugar asociado al terror, subraya la distancia entre discurso y realidad y deja una alerta institucional que atraviesa todo el episodio: cuando el poder controla la imagen y al mismo tiempo administra el encierro, la fiscalización pública se vuelve la única barrera frente al abuso.
