Moscú. Vladímir Putin llega hoy a China con la expectativa de cerrar acuerdos de exportación de petróleo y gas que, por el propio marco de la visita, aparecen como decisivos para sostener una economía rusa debilitada y, a la vez, financiar la guerra en Ucrania. El desplazamiento se produce en un momento en que Moscú necesita resultados tangibles de su relación con Pekín, sobre todo después de la ruptura de lazos con la Unión Europea.
Pese a que el Kremlin trató de desvincular esta visita de la reciente presencia de Donald Trump en Pekín y sostuvo que Rusia y China “no se alían contra nadie”, la dinámica descrita en torno al viaje deja ver una relación desigual: mientras China y Estados Unidos se mueven en un plano entre pares, Rusia depende en gran medida del comercio con su vecino asiático. Ese contraste refuerza la atención sobre hasta qué punto Moscú llega a Pekín desde una posición de necesidad más que de fortaleza.
Putin aseguró que confía en dar “un importante paso adelante en el ámbito de la cooperación en gas y petróleo” y afirmó que “prácticamente todos los asuntos principales están consensuados”. Entre las expectativas está la firma de un contrato para el gasoducto Fuerza de Siberia-2, de 2,900 kilómetros, que llevaría gas a China a través de Mongolia. No obstante, la visita también deja planteada una exigencia de seguimiento sobre el alcance real de esos acuerdos y sobre el costo político y económico de una dependencia cada vez mayor de Pekín.
