Cada vez que una crisis aprieta, la política dominicana reactiva una secuencia conocida: el Gobierno de turno anuncia sacrificios, los partidos entran en negociación y la población termina cargando con el costo real del ajuste. Ese patrón, identificado a lo largo de la crisis inflacionaria de 1990, la debacle bancaria de 2003, el shock pandémico de 2020 y la presión externa actual vinculada al aumento del petróleo y la incertidumbre internacional, vuelve a colocar en primer plano la exigencia de vigilancia sobre cómo responde el poder cuando se deteriora el poder adquisitivo.
El recuento muestra que, aunque cada episodio tuvo causas y protagonistas distintos, la reacción de la clase política ha repetido una constante: dialoga cuando la presión arrecia, pero rara vez entra al núcleo del gasto político. En 1990, con inflación disparada, caída del PIB de alrededor de 5.5 %, desabastecimiento y filas en estaciones de combustibles, la respuesta tomó forma institucional con el Pacto de Solidaridad Económica impulsado por Joaquín Balaguer junto a actores económicos, políticos y sociales.
Ese contraste con otros episodios posteriores refuerza una alerta institucional en la coyuntura actual: más allá del discurso de concertación, la discusión de fondo sigue siendo quién asume el costo del ajuste y qué parte del aparato político está dispuesta a revisarse a sí misma. En ese escenario, la presión por rendición de cuentas y por priorizar el impacto social de las decisiones públicas vuelve a ser el eje del debate.
