La XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026 concluyó el domingo 4 de octubre con un discurso oficial de “éxito” apoyado en dos números de alto impacto: 714,322 visitantes en diez días y RD$97.4 millones en ventas de libros. Pero el propio dato divulgado por las autoridades abre un flanco de fiscalización: al dividir el monto vendido entre la asistencia reportada, el promedio es de RD$136.36 por visitante, una relación que reduce la espectacularidad del anuncio y desplaza la discusión hacia lo que realmente dejó el evento.
A partir de esas cifras públicas, la pregunta ya no es solo cuánta gente entró al recinto, sino qué significan exactamente esos números. El contraste entre el discurso de éxito y el resultado observable obliga a precisar si se trata de visitantes únicos o entradas acumuladas, cuántas personas compraron libros, cuántos ejemplares se vendieron, cuál fue el precio promedio y qué proporción de los asistentes salió efectivamente con una compra. Si una autoridad usa cifras para validar una gestión, esas mismas cifras quedan sometidas al escrutinio ciudadano.
La observación final sobre la feria reubica así el debate en un terreno institucional: más que celebrar totales llamativos, corresponde rendir cuentas sobre el impacto real de una de las principales celebraciones culturales del país. Sin ese desglose, el balance queda atrapado entre la promoción oficial y las explicaciones pendientes sobre resultados concretos, uso de recursos y beneficio efectivo para lectores, autores y ciudadanía.
