Las máscaras protectoras en el fútbol son cada vez más habituales y su presencia podría repetirse en la Copa Mundial de la FIFA 2026, una muestra del desgaste físico al que se exponen los jugadores en la alta competencia y de la exigencia de mantener controles estrictos sobre su vuelta a la actividad. Aunque para muchos aficionados puedan parecer un accesorio llamativo, su uso obedece a motivos médicos y está regulado a nivel internacional.
Este tipo de protección se utiliza sobre todo tras fracturas en la nariz, los pómulos o la órbita ocular. En lugar de esperar varias semanas fuera de las canchas hasta completar la recuperación, muchos futbolistas regresan antes con una máscara diseñada para resguardar la zona golpeada frente a nuevos impactos. Por lo general, se fabrican con policarbonato o fibra de carbono y se ajustan al rostro mediante impresión 3D, con la intención de absorber y distribuir la fuerza de los golpes, aunque los propios jugadores reconocen que pueden ser incómodas y reducir parcialmente la visión periférica.
La Regla 4 de la International Football Association Board (IFAB) permite este equipamiento protector siempre que sea ligero, acolchado, sin partes peligrosas o rígidas y que no implique un riesgo ni para el futbolista ni para sus rivales. Casos como los de Kylian Mbappé en la Eurocopa 2024 y Santiago Sosa después de una fractura facial muestran que estas máscaras se han convertido en una opción eficaz para acelerar el regreso a la competencia, pero también subrayan la necesidad de vigilar que la prisa por volver no desplace la seguridad como prioridad.
