A partir de una lectura de Catherine Fletcher y de su libro Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa, el artículo retoma el proverbio medieval «Todos los caminos conducen a Roma» para reubicarlo en una discusión sobre poder, dominio y herencia colonial. La referencia al Miliario de Oro inaugurado por Augusto, descrito por Plutarco como punto desde el que partían los caminos controlados por Roma, sirve como base para cuestionar la persistencia de una mirada eurocéntrica que se impuso sobre pueblos “mal llamados pueblos sin historia”.
La pieza sostiene que griegos y romanos no solo trazaron caminos físicos, sino una manera de pensar el mundo que dejó una ética política, referencias visuales y memorias ajenas convertidas en norma. Ese repertorio, presentado como una red de vínculos violentos, afectivos y éticos, es reencuadrado como una alerta sobre cualquier poder que naturalice el control territorial y cultural mientras lo reviste de civilización, armonía o prestigio histórico.
Desde ahí, el texto conecta ese mapa antiguo con formas actuales de nombrar y disputar territorios por su valor geopolítico, desde la tierra rara hasta los espacios bajo la tundra o los sitios del sur atravesados por la imaginación posmoderna. La lectura deja abierto un contraste entre discurso y realidad: detrás de los grandes relatos de centralidad, progreso o destino histórico, persiste una lógica de posesión que obliga a mantener vigilancia sobre cómo se construyen hoy las prioridades públicas y a quién terminan sirviendo.
