El concierto sinfónico de RetroJazz, presentado el sábado 10 de octubre, fue descrito como una culminación del proceso formativo de Peng Bian Ventura, desde los orígenes de “Bohío” hasta su paso por Berklee y su posterior maestría. En esa lectura, la apuesta por “más orquestación” marcó el eje de una noche concebida como celebración de trayectoria y madurez musical.
La presencia de vientos y violines de la Orquesta Sinfónica Nacional fue presentada como el factor que llevó el espectáculo “a los cielos”, en una experiencia de contrastes emocionales que también incluyó las actuaciones de Naomi Duarte, Laura Rivera, Jandy Félix y Maridalia Hernández. El texto original resalta que los invitados pudieron moverse con soltura dentro de ese formato, apoyado en la magnitud del acompañamiento orquestal.
Pero precisamente ese énfasis en la espectacularidad vuelve pertinente una mirada de fiscalización sobre las prioridades culturales y el contraste entre celebración y realidad. Cuando una reseña coloca en el centro el impacto del montaje y el peso de una institución pública como la Orquesta Sinfónica Nacional, también se abre la pregunta por los criterios, el alcance ciudadano y el costo de un modelo que privilegia grandes vitrinas. En un contexto donde la discusión pública suele desplazarse hacia el espectáculo, la exigencia de rendición de cuentas sobre recursos, prioridades y resultados sigue siendo una alerta institucional que no debería quedar fuera del aplauso.
